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Tristes hases de niebla perdida, oscuros caminos, sinuosos, por los que corre el fango diluido y cae a grandes chorros en el abismo desconocido; ahí estuvo él.
Doloroso piquete de ponzoña ardiente que va internandose en el cuerpo y calentando la sangre, ennegreciendo la piel y haciendo desgraciada la vida, haciendo sentir que la bilis es inagotable y que los párpados pesan por el gotear de lágrimas de dolor; ahí estuvo él.
Infernal calor que producen las llamas de un mediodía al descampado en medio del desierto en pleno verano, que hacen nacer ampollas en los pies y duele cada pensamiento antes de pisar y duele cada llaga que explota y te deshidrata; ahí estuvo él.
Pensamientos vagos, insensibles respuestas, olvido y más olvido, desamor, tristeza y dolor, cansancio de vivir, desánimo de soñar, melancolía de un pasado lejano y velado por las lágrimas que una hoz segó en el alma y que nunca más volvió a retoñar, sino que se volvió cizaña y perturbó las noches de luna llena haciendotela ver oscura y mostrándote sombras que no fueron de alegrías que pudieron ser, y ahí, justo ahí, estuvo él.
Él, que emana de esa esencia universal, de la Fuente de Vidas, del más allá incognocible, de Tohú y Bohú, que existe tan pronto la Voluntad del Misterioso Desconocido hizo cernir su espíritu sobre la superficie del mar y que adquirió forma corpórea sólo luego de haber visto todo y haber llamado a todo por su nombre, él, que quiso ser y fue, que eligió ser y fue, y que se comprometió a ser según la Voluntad de uno superior a él y le fue concedida la merced, él, que es dueño de sí mismo y aún puede convertirse en su propio esclavo; él estuvo ahí.
Pero decidió no estar más entre tanta cadena de corrupción, en esa enmarañada red de pegajoso descuido mortal, y decidió viajar en los carros de fuego con ruedas de fuego, con ojos que ven en todas direcciones, que visitan palacios, en suaves silbidos de alef, y que son arrastrados y arrastran a los cuatro seres vivientes, a las cuatro encarnaciones del espíritu, decidió no volver atrás sino seguir adelante y ascender el camino hasta la llama flamígera y apoderarse de un conocimiento mayor, de un poder sobre sí mismo y no otro, de una estrella interna y no externa, de unos ojos que no ven hacia afuera sino hacia sí mismo, muy dentro, y tomar parte del Maguen Avraham y encender la propia llama, en medio de la oscuridad, mientras el imperio de la muerte, el del colgado, impregna todo a su alrededor de su pestilente enseñanza, para, sencillamente, ver en la oscuridad.
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