DefinitivaMENTE


No soy esclavo

Vivo en Barquisimeto, la ciudad del transporte pirata y los “rapiditos”, recientemente, el primero de enero, me subí a uno de estos ejemplares tumores del transporte público local, cosa que fue bastante dificil por cierto y por lo que tuve que esperar varias horas. Lo cierto es que me monté en el estartalado chevette color óxido, con la mitad del asiento remendado en tapicería de otro color y las puertas cuales gelatinas al menor movimiento avisaban que estabamos andando al menos a más de 60 KmpH; algo que no debiera parecer normal, pero que es tan común que ya nadie le para. 

Cuando íbamos bajando por la Av. Uruguay, prestos a salir de la ciudad para entrar en la Ribereña, dos personas pagaron, además de mi, que di veinte Bolívares, lo primero que recibí fue una mirada de enojo de mi prestador de servicio, recriminandome que no tuviera más sencillo; para mi mismo, pues iba al lado de un grotesco personaje digno de representar a Cuasimodo en el Jorobado de NotreDame (el chofer) pensé: “Esta mañana me cobraron cinco Bolívares para subir a Barquisimeto, ¿cuál es el problema en darme dos billetes?, será que se acaba de levantar y decidió salir a robar un poco a los pobres incautos que salimos hoy”. Ciertamente no me equivoqué, cuando el tercer pasajero pagó, con un billete de cinco, pensando que todo era como antes y que la justicia imperaba en ese automóvil, que ya iba bastante distante del centro de la ciudad, el conductor (Cuasi), levantando la voz, exclamó: “FALTAN CINCO BOLOS”, a lo que otro de los pasajeros (que aún no había pagado) gritó aún más alto, agitando sus manos acaloradamente y aumentando el tamaño de unos ojos debajo de su gorra roja con el enunciado: “Juventud Socialista”, aunque el sujeto aparentaba algunos años más de los coherentes con la gorra: “¿QUÉ! ¿CÓMO QUE CINCO MIL? ¿A CÓMO ES EL PASAJE PUES!”. Listo, ni siquiera los bombardeos que caen sobre Gaza pudieran compararse con el clima que respirábamos los que estábamos presentes, había empezado una discusión sobre la justicia y el costo del pasaje entre el chofer del rapidito y este joven socialista de al menos sesenta años. -Cinco mil bolos pana, eso estamos cobrando desde esta mañanita, – pero si yo pagué tres mil cuando subí-, no me interesa, ese no es mi problema, yo no se, bajate pues si no te gusta, – qué bolas tienes tú, esa vaina no es justa, cómo vas a cobrar tan caro, ni que nos llevaras para Yaritagua, – Bueno pana, no me interesa, bajate si no te gusta, este carro es mío, y yo no soy esclavo, yo estoy trabajando y eso es lo que estamos cobrando, no me interesa. Decían, entre interrupciones de disgusto mutuo. 

Otra vez para mi mismo, considerando la violencia con la que se manejaba el asunto, estaba de acuerdo con el pasajero, no es justo que si la tarifa oficial de días feriados es de cincuenta céntimos más que lo común, este sujeto hubiera salido a asaltar de la peor manera, aprovechándose de la debilidad de los usuarios y de la escasez de transporte, pero no convalidé del todo la posición asumida por el pasajero porque todo esto ha sido nuestra culpa y sólo ejecutando medidas radicales terminará esta terrible plaga.

En Barquisimeto existían al menos cuatro líneas de rapidito, legalmente constituídas, amparadas por al AMTTT, que no eran lo mejor del mundo, pero que por lo menos tenían la opción de mantener “el desorden establecido”; luego que empezaran los trabajos de TRANSBARCA, el utópico sistema de transporte masivo que despierta ensoñaciones en casi todo el público barquisimetano y que ya es chanza de muchos y amargura de otros, casi todas esas líneas se desmembraron porque apareció en el mapa de la ciudad el foco más terrible de anarquía, llamado por unos pocos Kosovo, la parada que esta en la Vargas con 22 es la epítome de lo surreal que somos los latinos; las colas las supervisa un escuadron de “llenadores” que cobran dos Bolívares por cada “rapidito” que sale de ahí, mientras el tráfico que se genera es monitoreado desde una tienda de la Polícía Municipal, que violenta el desorden establecido convirtiéndolo en algo peor. Pero eso no es todo, lo peor es que los ciudadanos no nos hacemos respetar y aceptamos que esa haya sido la “solución”, sin haber hecho algo más que “responder afirmativamente” a las directrices malévolas de Erick Zuleta, el perverso y sempiterno líder del sindicato automotor local. 

A partir de ahi estábamos firmando un sí incondicional a la anarquía, a no estar supeditados al deber ser, si no al como venga; a la flojera mental de estar en desacuerdo y protestar, de hacer sentir el auténtico Poder Popular, nuestro legítimo derecho soberano a elegir, a moldear la sociedad y a hacer cumplir la ley. 

Todo esto pensé mientras los dos sujetos peleaban, y me decía a mi mismo, ¿De qué Revolución puede estar orgulloso alguien que vea cómo estamos en lo más importante, el funcionamiento de la ciudad?

¿Qué podemos decir? aún hay mucha gente como el rapiditero, golosos, ladrones, que se valen de los menos favorecidos, de los usuarios, para intentar hacerse ricos; aún hay, en gran cantidad, gente que no ha comprendido que la economía está en crisis por eso mismo, la desigualdad, la especulación, las ansias consumistas en extremo, la mano invisible pero injusta del mercado, que no hace más que carcomer las bases morales de una sociedad y dejarla en el yermo; ¿qué podemos hacer? aún hay mucha gente como la mayor parte de los pasajeros, estúpidos, sin consciencia de sus derechos, flojos, negligentes, que aceptan que los vejen y los tomen por ganado que es llevado de un lugar a otro, en vez de verse como lo que son, usuarios que emplean a un semejante para que los lleve de un lado a otro, con todo lo que ello implica, respeto, comodidad, seguridad y trato justo. No estamos ni siquiera en los inicios de una revolución, estamos demasiado alejados de ver lo que es la realidad tangible, y permanecemos en una sombra de política y parloteadera constante, pura propaganda y snobismo, puro bla bla bla, y nada de hechos.